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Matías Mayer – EL CAMINO DE LA PERSEVERANCIA

EL CAMINO DELA PERSEVERANCIA

¿Cómo encontró su vocación Matias Mayer?

Matías Mayer (25) comenzó a hacerse conocido gracias al éxito de Casi normales, una obra de la que se había enamorado antes que la trajeran al país y para la que se preparó con suma intensidad cuando se enteró que se estrenaría acá. La vida del actor y cantante transcurrió entre dos mundos: el mundo del arte y el de las ciencias exactas, ya que estudió a la par la carrera de Administrador de Empresas. Este polo racional, tal vez sea una de las razones por la cual este año Matías supo tomarse con tranquilidad su salto a la exposición con Historia de un clan, Tu cara me suena y Señores y señores del musical. Acá conoceremos su historia de primera de mano en una entrevista profunda y sincera.

TXT. Antonella Orlando

¿Cuándo nació tu interés por el teatro musical y cómo se fue desarrollando?

Mi hermano más grande es músico y en el colegio hacía muchas obras musicales. Yo iba con mis papás a verlo y me divertía mucho. Él tocaba el piano y cantaba, y me contagió. Empecé a cantar y siempre asocié eso con los musicales. Tuve muchos pasatiempos, pero este siempre se mantuvo y le ponía más pilas que a los demás. Pero cuando terminé el colegio todavía no lo veía como vocación y me anoté para estudiar Administración de Empresas. Mi cabeza se parte en dos hasta el día de hoy: la parte artística y la de las ciencias exactas. Soy muy estructurado y me encantan las matemáticas. Me parecía súper interesante manejar un negocio. Pero ni bien terminé quinto año, me llegó la oportunidad de trabajar en Jake & Blake de Cris Morena, y pospuse el comienzo de la universidad hasta agosto. Terminamos de grabar en mayo y me quedaban unos meses de bache. Un amigo me había contado que había hecho un curso de teatro en Estados Unidos y me fui tres meses a estudiar a Nueva York. Y ahí sentí que quería profesionalizarme en esta rama del arte. Comencé a estudiar, a tomar clases y presentarme a distintas audiciones. La facultad la mantuve, porque al principio me generaba incertidumbre mi futuro como actor. Pero la verdad es que me terminaron gustando las dos cosas.

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¿Sentiste miedo de empezar a probarte en un mundo tan competitivo?

En muchos momentos lo pensé, porque sos uno en un millón de postulantes. Hubo un punto en inflexión con la audición de La novicia rebelde en 2010. Pasé un par de etapas, pero no quedé. Sentí que había sido un garrón y le comenté mis dudas a mi profesora de canto. Me dijo: “Pero bueno, tenés que estudiar. Si no tomás las suficientes clases, no te quejes”. Más que un reto, fue un consejo y ahí hice un clic. Venía estudiando, pero supe que tenía que meterle intensidad. Empecé con clásico, jazz, tap, teatro, canto, interpretación. Me tomé el compromiso de prepararme. En 2011, llegué a la final de las audiciones de Mamma Mia!, pero era muy joven para el elenco. Ya me había enterado que venía Casi normales al país, una obra que me había fascinado desde que la vi en Estados Unidos Me empecé a preparar con tres meses de anticipación. Las audiciones eran cerradas. Para colmo, no tenía experiencia y nadie me conocía. Ya era difícil hasta audicionar. Le pedí a todos mis profesores que me consiguieran ese espacio. Entonces, me llamaron y me pasaron el material. Cuando audicioné, dije: “Acá quedo como el peor o me llevo el papel”. Sentía que era a todo o nada. Y dos semanas después me llamaron.

Con la obra estuviste tres años en cartel, y recién este año tu visibilidad en la tele aumentó. ¿Creés que ese tiempo te dio posibilidad de madurar y aprender a manejar la exposición?

Me vino bárbaro, porque el crecimiento en el teatro es más paulatino. Lo mismo que su exposición. A veces, es muy difícil cuando te agarra el éxito de golpe y de un día para el otro te conocen millones de personas. No sabés dónde estás parado y tenés que estar muy centrado para manejarlo. Por suerte, tuve tiempo para acostumbrarme y entrenar la reflexión importante para poder estar tranquilo y no sentirse presionado. Además, el haber empezado en teatro me dio un lugar buenísimo. Si hubiera empezado en la tele con un boom, los prejuicios hubieran sido muchos. Soy muy amigo de Peter Lanzani y él es un ejemplo de esto. Le quedó la etiqueta del “chico” Cris Morena, y recién este año con El clan y Equus sorprendió a mucha gente. Es difícil cuando tenés una fuerza en contra. Le dedicás más energía a eso que a otra cosa. Por eso, admiro su perseverancia y compromiso.

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¿A quién recurrís si te molesta alguna crítica?

Tengo un amplio grupo de amigos. Ellos son mi cable a tierra. Por más que muchos no me entiendan porque no son parte del ambiente, me aconsejan desde lo humano porque acá puede ser que uno esté más expuesto, pero no deja de ser un trabajo. Peter Lanzani y Nico Francella son muy amigos del medio. Con Darío Barassi y Santi Ramundo tengo una relación muy estrecha, nos juntamos a comer todas las semanas. Y está bueno charlar con ellos, porque cada uno tiene algún prejuicio que romper. Tenés que estar en los zapatos de cada uno para poder hablar. Gerónimo Rauch vino el año pasado, me invitó a cantar con él y me dijo algo clave: “Las críticas escuchalas y aceptalas. Los elogios escuchalos y dejalos pasar”. Y es un poco lo que intento hacer. Algunas veces, uno se infla tanto que cuando te critican, se te pincha el globo. Por eso, me parece mejor el balance del que hablaba Gerónimo. Prefiero quedarme con el sentimiento interno que me genera todo esto. Habrá gente que le guste y gente que no, pero eso no me hace ni mejor ni peor persona. Es una dicotomía importante que la sigo carburando en la cabeza, porque cuando te enfrentás a una platea grande hay que saber cómo confiar en uno, pero no creérsela. Es un límite muy fino. No está en mi naturaleza creérmela y me gusta ser así. Es como cualquier otro trabajo, pero con la exposición pareciera que la máquina no para. Por eso, hay que seguir trabajando y disfrutando. Obviamente, no me quiero tirar de relajado porque soy muy estructurado. Pero sé que si me preparé y me fue mal, hice todo lo que pude.

¿Cómo lidiás con las emociones?

Soy muy sensible. Pero gran parte de esa cuota tiene que ver con el trabajo, porque uno está con todo a flor de piel muchas horas al día. Cuando estoy mal, soy una persona muy propensa al diálogo. Hace un par de años, corté una relación y un amigo actor me dijo: “Todo lo que sentís, lo que tenés que capitalizar”. Y empecé a hacer eso. Es como el pintor con su paleta: cuanto más cosas tenga, más colores o emociones, en este caso, más instrumentos para expresarse tiene. Si hablando descubro una palabra que me genera determinada sensación, la guardo para acordármela mientras esté trabajando y quiera evocar algo en particular.

¿Por qué decidiste seguir con la carrera de Administración de Empresas y recibirte?

Cuando surgió Casi normales, ya había hecho dos años y no los iba a tirar al tacho. Y realmente, la carrera me dio muchas herramientas para todo, como actor y dueño de mi empresa, para poder pensar la comunicación y marketing. Me interesa el día de mañana hacer producción de teatro. Es un plan futuro posible. Fue una experiencia muy linda, porque muchos amigos estaban en la misma facultad. Salía del teatro, me iba a estudiar y me bajaba a tierra porque me concentraba en otra cosa. Me permitía no estar obsesionado con el teatro y cortar con la exigencia por un rato. 

¿Cómo definirías la vocación?

Es en lo que sentís que no estás trabajando. Eso que pensás hasta en tu tiempo libre, lo que es parte de uno y no se elige. Que sentís que te sale naturalmente y te guía el instinto.

Muchos chicos quieren seguir una carrera relacionada con las artes, pero se sienten presionados por sus papás o por el discurso de “mantenelo como pasatiempo”. ¿Qué le dirías?

Es muy difícil, pero hay que imponerse. La vida es de uno, no de los papás. Quizás no tengas el apoyo económico de ellos y hasta te pelees. Pero creo que las personas que más difícil la tienen, son las que más lejos llegan. Hay una perseverancia mucho más marcada en ellas. Y cuando lo logran, se sienten plenas. No me puedo imaginar en una situación donde trabajara de algo por el solo hecho de ser fácil. No sé cómo seguiría el día a día sin incentivo ni metas propias. Las decisiones son de uno. En el colegio te dicen que debés decidir lo que vas a hacer toda tu vida. ¡Y es muy fuerte eso! Solamente podés decidir lo que querés estudiar en ese momento. Creo que uno no está en edad para decidir sobre todo tu futuro. Pero eso no quita la responsabilidad de jugarse, prepararse y estudiar lo que uno quiere. Creo que hay que entender que somos personas que cambiamos en el tiempo. Nos tenemos que hacer cargo de eso, y vivirlo como una oportunidad.

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