50 años de Mafalda

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En octubre, Quino viajó a España para recibir el prestigioso Premio Príncipe de Asturias de Comunicación y Humanidades (otorgado por primera vez en su historia a un humorista gráfico), por transmitir “valores educativos” a través de su tira. Esta fue la parada final en un año repleto de homenajes a aquel personaje que duró nueve años, pero pasó a la eternidad en decenas de idiomas. ¿Por qué? Mafalda, tal vez sea la que mejor represente la frase “Los niños dicen la verdad”: proclamándose contra las injusticias, reflexionando sobre los valores y haciendo declaraciones que miles de humanos luego harían propias, la niña de flequillo que salió del imaginario de Quino levantó una bandera que traspasó la ficción.

 

por Antonella Orlando

 

Como muchos de los aportes artísticos a la humanidad, que luego quedan inmortalizados por el recuerdo, Mafalda nació de manera casi fortuita y con objetivos bastante distintos a los que luego encarnó. Se publicó por primera vez en la revista Primera Plana el 29 de septiembre de 1964, con formato de tira pero con la meta encubierta de publicitar la línea de electrodomésticos Mansfield. El nombre se deriva de la propia marca, ya que algunos personajes debían empezar con la letra M. El 9 de marzo 1965, las tiras cómicas de Mafalda pasaron a formar parte del periódico El Mundo. Quino publicaba seis tiras por semana; la velocidad de su creatividad iba a la par del reconocimiento, hasta que este excedió las fronteras nacionales y se extendió por todo el mundo.

 

Guiño del destino o no, Mafalda salió al mundo gracias al sistema capitalista que luego se encarnó en criticar. ¿Mafalda o Quino? Muchas veces sucede que el personaje creador por el autor cobra tanta importancia y peso, que uno le otorga una vida aparte, una entidad totalmente diferente a la de la persona (que en este caso) se sentaba frente al papel. Pero la sagacidad de Mafalda proviene de Joaquín Salvador Lavado Tejón, alias Quino, que forma junto a Fontanarrosa y Caloi la “santa trinidad” de las historietas argentinas. Podemos decir casi sin exagerar que ya son cuatro las generaciones que al menos conocen parte del trabajo de estos tres grandes de la cultura nacional.

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Quino nació el 17 de julio de 1932 en Mendoza (que los registros oficiales no los engañen porque fue anotado el 17 de agosto). Prácticamente desde su nacimiento lo llamaron Quino para diferenciarlo de su tío Joaquín Tejón, pintor y diseñador gráfico. A pesar del interés por la distinción, desde temprana edad Quino dio muestras que su vocación también era el arte. A los 13 años se matriculó en la Escuela de Bellas Artes, pero en 1949 “cansado de dibujar ánforas y yesos” (como él mismo dice en su biografía), ve en la historieta y el humor su única profesión posible.

¿Qué hubiera sido del mundo si Quino no hubiera tomado esta decisión? ¿Habría nacido “otra” Mafalda en otro lugar? No se puede hacer futurología sobre esto, pero lo cierto es que la niña que odiaba la sopa tiene un rasgo peculiar: es tan argentina como universal. Lo cierto también es que los parlamentos que salían de su boca no formaban parte de las ideas “locas” de un joven que había decidido probar suerte dibujando. El éxito le llegó a Quino en un momento en el cual ya gozaba de popularidad gracias a su trabajo (incluso un año antes de la aparición de Mafalda, había publicado su primer libro, “Mundo Quino”). Prueba de esta madurez (y valentía) fue la decisión que Quinó tomó nueve años después: las posibilidades expresivas del recurso de la tira en secuencia se habían agotado, y Mafalda no saldría más. Sin embargo, el efecto bola de nieve de palabras y reflexiones tan ciertas, siguió generando sucesos.

La pequeñita de pelo oscuro con grandes dilemas fue traducida en 15 idiomas a más de 30 países, y lleva vendido en nuestro país más de 20 millones de ejemplares. Se transformó en el rostro de campañas de UNICEF, la Cruz Roja Española, el Ministerio de Relaciones Exteriores de la República de Argentina. Podríamos hacer un ejercicio, que seguramente daría como resultados ampliamente positivos: no hay una casa en el país que no tenga al menos algo relacionado a Mafalda; un libro, un dibujo enmarcado, una frase pegada en cuaderno, hasta una foto con la estatua ubicada en el barrio de San Telmo o una amiga a la que le decimos “Susanita”.

 

Quino pertenece a un tipo de artista que usa y usaba otros recursos no tan vinculados a la “alta cultura” para hablar de la discriminación, de las guerras, del rol de la mujer en la sociedad, el papel de los medios. Si bien muchos de los discursos desplegados en las tiras se encuentran empapados por el presente en el que eran escritos, esos recuadritos en blanco y negro pasaron a dar cuenta de tópicos universales y muchos de ellos atemporales. Y como muchas de las consecuencias positivas que generan íconos de la cultura, hoy sigue siendo una gran idea agarrar un libro de Mafalda y sentarse a leerlo: la lucidez de Quino se reaviva en la voz de una niña que nos habla a todos y cada uno de nosotros.