CATALINA HORNOS – A CORAZÓN ABIERTO

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¿Cómo eligió su vocación Catalina Hornos?

Cuando Catalina Hornos se sentó frente a cientos de oyentes en “Experiencia Provocación”, y contó su historia, se hizo un silencio especial. Es que la creadora de Haciendo Camino tiene mucho para contar, y desde un lado sincero y cálido, ya que la vocación por el servicio es la brujúla que dirigió su vida. Ayudar al otro es su realidad cotidiana, y crear más cambios, su deseo.

por Antonella Orlando – fotos: gentileza Haciendo Camino

¿Cómo y por qué decidiste estudiar psicopedagogía y psicología?

Mientras estaba en el colegio, iba mucho a misionar al norte del país. Ahí empecé a ver que muchas veces los chicos tenían problemas para aprender, para concentrarse. Yo sabía que quería estudiar algo que me ayudara a entenderlos, y me diera herramientas para acompañarlos y superar esa realidad difícil que estaban viviendo. Entonces, estando en quinto año del secundario, decidí estudiar psicopedagogía, y luego hice psicología para complementarlo.

La idea de Haciendo Camino te encontró muy joven. ¿Qué “llamado” sentiste? ¿Qué te impulsó a desarrollar este proyecto y cómo fueron los primeros avances?

Estaba en el último año de mi carrera y una amiga me invitó a hacer orientación vocacional en Añatuya. Viajé y empecé a colaborar con la escuela albergue del obispado. Estando allá, conocí muchas familias que no tenían posibilidades de comer todos los días, madres que no tenían acceso a medicamentos necesarios para curar a sus hijos, chicos que no podían ir a la escuela por no tener un par de zapatillas ni dinero para comprar los útiles, personas que morían de enfermedades curables. Entonces, me comprometí a terminar la facultad al año siguiente y a regresar para ayudar en lo que pudiera. Terminé la facultad y me mudé a Añatuya. Y ahí me di cuenta que si lograba conectar esa realidad con la realidad de la que yo venía, podía funcionar de puente y hacer que muchas familias vivieran un poquito mejor. Empecé a buscar ayuda entre mis amigos y conocidos, y así nació Haciendo Camino. Por suerte, me encontré con mucha gente dispuesta a hacer algo por los demás. Fuimos creciendo y hoy tenemos seis centros de Prevención de la Desnutrición Infantil y Promoción Humana, y este año planeamos abrir dos más. Además de eso, sostenemos económicamente a dos hogares de niños.

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Tanto el camino de las ONG como las asociaciones civiles está plagado de obstáculos y momentos dolorosos. ¿Cómo vivís con ellos, cómo aprendiste a superarlos y qué enseñanzas te brindó la propia gente?

Cuando entrás en contacto con esa realidad, podés entenderla mejor. De lejos, uno piensa que la solución es esta o aquella, pero cuando estás ahí ves que la solución quizás es otra. Muchas veces escuché decir que los pobres son vagos y están así porque quieren. Y yo digo: “No creo que haya nadie que quiera vivir sin agua potable. No creo que haya nadie que quiera vivir en un rancho donde entra agua cuando llueve, o donde las paredes pueden caer frente a una tormenta, no creo que haya nadie que quiera ver morir a un hijo de una enfermedad curable solamente por no tener acceso a un remedio”. A mí me cuesta creer que haya gente que quiera estar así. Creo que no es una cuestión de vagancia, sino que están acostumbrados a que su vida dependa de otras personas. A depender de otras personas para tener un remedio, a depender de otras personas para tener unas zapatillas para poder ir a la escuela e incluso de depender de otras personas para poder comer. Estando ahí, conociendo a la gente, empezás a comprender su historia, su vida, y recién ahí podés encontrar la solución para que vivan mejor. Aprendí que hay que cortar esa dependencia. Darle a la gente las herramientas para que puedan tener una mejor calidad de vida a través de su propio esfuerzo.

¿Qué herramientas te dieron las carreras que estudiaste para construir Haciendo Camino y afrontar el día a día?

Lo que estudié me dio herramientas para poder entender mejor a la gente. Saber por qué se comportaban así, qué había detrás de la manera en que aprendían, de cómo jugaban. Yo sentía que tenía herramientas para conocer y comprender qué podía llevar a la gente a hacer lo que hacía. Había tenido la posibilidad de formarme, así que ahora quería poner lo que yo sabía al servicio de los demás.

Un recuerdo para compartir con los lectores donde hayas sentido que “todo lo que estamos haciendo vale la pena…”.

Hace unos años me llamaron del juzgado de Añatuya y me pidieron que me hiciera cargo de cinco hermanitos que eran alejados de su familia por situaciones de abuso, violencia y un padre que fue preso. El más chiquito de estos se llamaba José y tenía ocho años; era un chico totalmente agresivo, le pegaba permanentemente a todos los otros chicos, lastimaba a todos, lastimaba a las chicas que lo estaban cuidando, peleaba con cuchillos, amenazaba. Un chico que se caía al piso, se lastimaba y nunca nada le dolía. Se levantaba como si nada. Yo veía en él la mirada de un adulto y no de un chico. Y siempre me iba a dormir diciendo: “Este chico, el día de mañana, va a ser un asesino o va a ser un violador o va a ser cualquier cosa, y nadie le puede recriminar nada porque vivió ocho años de su vida con un padre que lo ataba a un árbol, le pegaba con un látigo, no le daba de comer, lo dejaba toda la noche, o todo el día, en un pozo sin darle nunca, en ningún momento, afecto. Y vivió ocho años así”. Pero un día me levanté diciendo: “Si yo, que soy la que lo tengo a cargo, pienso que va a terminar siendo un asesino, sin duda va a terminar siendo un asesino. Tengo que estar segura que él puede lograr otra cosa y verlo como lo que puede llegar a ser, y no como lo que hoy es, o lo que está siendo. Y trabajar para que pueda confiar en él y que piense que puede llegar a ser otra cosa”. Pasaron unos meses y ese chico aprendió a leer, va a la escuela, tiene amigos, juega, y uno lo ve en el tobogán o en el pasamanos y es como cualquier otro chico. Hoy veo en él la mirada de un chico. Y eso fue posible gracias a que confiamos en que podía cambiar.

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El trabajo que hiciste no hubiera sido posible sin haber tomado la decisión de mudarte. ¿Añatuya es “tu lugar en el mundo”?

Cuando Haciendo Camino empezó a crecer, decidí volver a vivir a Añatuya. En 2009 me instalé definitivamente allá, y eso ayudó a que podamos crecer como lo hicimos. Pero además de mí, Haciendo Camino es un gran equipo de gente comprometida que trabaja día a día para cambiar la realidad. Ahora me estoy instalando de nuevo en Buenos Aires junto a siete chicos que se vinieron conmigo desde Añatuya y que hoy son mi familia. Trabajo desde la oficina que Haciendo Camino tiene en Buenos Aires, y además viajo constantemente a Santiago del Estero. Pero siempre digo que no estoy sola en lo que hago. Hoy tengo un equipo de gente muy valiosa que hace que todo esto funcione.

¿Qué consejos les darías a aquellos chicos que tienen ganas de ayudar y no saben cómo?

Les digo que es importante que se comprometan, aunque sea un camino lleno de obstáculos. Todo el mundo tiene algo para dar, y si todos nos involucramos es más fácil construir el cambio. Todos podemos dar algo: tiempo, conocimientos, dinero o contactos. Eso que a nosotros nos sobra, a otra persona le falta. Y con el tiempo, se dan cuenta que reciben más de lo que dan. Hoy, hacer feliz a los demás, es lo que le da sentido a mi vida. Yo encontré mi vocación en ayudar a los prójimos, y hoy soy muy feliz con esto. También les digo que no se desalienten, porque a veces les pueden decir que no sirve para nada, que tiene que haber una ayuda desde arriba. Pero es importante que sepan, y que crean, que cada uno de ellos tiene la capacidad de generar un cambio. Otra vez, confiar en lo que uno puede llegar a hacer.

¿Cuáles son los desafíos nacionales que aún no se cumplieron de cara a la desnutrición infantil? ¿Qué tipo de políticas públicas creés que hacen falta y son necesarias?

Creo que tenemos que empezar a verla como la emergencia que realmente es. Y entre todos, trabajar unidos para erradicarla. No podemos resignarnos a que haya chicos que esperen al lunes para ir a comer al colegio porque estuvieron todo el fin de semana sin comer. O que haya algunos hospitales del interior de Santiago del Estero donde la ambulancia no sale hacia la capital si no hay tres enfermos graves porque la nafta no vale la pena por uno. En Argentina el hambre no es una urgencia, sino la triste normalidad de muchos chicos y familias para los que no comer lo suficiente es habitual. Entonces, frente a eso, tenemos que empezar a trabajar juntos en una solución. Y si vemos algo que está mal, dejemos de lado la queja y hagamos todo lo que esté a nuestro alcance para solucionarlo. La única manera de lograr un futuro próspero y diferente es dejar de mirar con indignación y ponernos en acción. Recién en ese momento estaremos en condiciones de reclamar algo. Porque como dijo alguna vez Gandhi: “Lo malo en este mundo no es la maldad de los malos, sino la pasividad de los buenos”