LA LUMINOSIDAD DE LA EXPRESIÓN

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¿Cómo encontró su vocación Coco Cerrella?

La historia de Coco Cerrella (38) comprueba que el desarrollo profesional y personal van de la mano, y que aportar un granito de arena para modificar las injusticias es mejor que no aportar ninguno. Se recibió como diseñador gráfico en la UBA, y a pesar que estaba estabilizado laboralmente, dejó de priorizar su trabajo para clientes importantes y gracias a la docencia en la universidad hizo un clic: esa conexión con otros era la fuente de su vocación y tenía que devolverle a la sociedad algo de lo que ella le había dado. Así, hace tres años, comenzó un taller de diseño de afiches en el Centro Universitario de la cárcel de Devoto, que ayuda a los presos a expresarse y reflexionar sobre sus experiencias, aspiraciones y deseos. Coco encontró en el encierro una forma de brindar libertad y nos cuenta cómo le cambió la vida.

TXT. Antonella Orlando

¿Por qué elegiste Diseño como carrera?

Siempre dibujé de chiquito, era el dibujante de la clase y me encantaban los logotipos, pero no sabía lo que era diseñar. Terminé el secundario y me fui a anotar en Diseño Gráfico. El CBC lo disfruté, pero aún no sabía bien en qué consistía la carrera. Cuando entré a primer año propiamente dicho, me quise bajar a los dos meses porque no me gustaba lo que hacía en las materias. Pero me encontré con Tipografía y con el profesor Rubén Fontana. Un groso como pocos que me logró transmitir la pasión por el diseño e inspirarme como profesor. Mientras cursaba, pasaba tiempo en un estudio chiquito. Un día fui, les toqué la puerta a los dueños y les pregunté si querían que hiciera de cadete, cebar mate, hacer trámites. Estuve un año y medio haciendo de “Che, pibe”. Por suerte, no necesitaba que me pagaran, y a cambio les pedí que me enseñaran los programas básicos de diseño y el oficio. Cursaba a la mañana y me iba al estudio a la tarde.

¿Cómo llegó la docencia a tu vida?

Me recibí en plena crisis del 2001, con todo lo que eso implicó. Sinceramente, no había sentido el llamado de la vocación por la docencia hasta ese momento, pero como estudiante graduado sí la consideraba como una cuenta pendiente. Empecé a trabajar de forma independiente y pasaron seis años hasta encontrarme con el “ser profesor”. Un día fui a visitar la cátedra de Wolkowicz con un amigo que me presentó a los jefes de Trabajos Prácticos. A mitad de año, me llamaron para ser ayudante de Carlos Carpintero, una eminencia de la docencia y uno de los pocos teóricos del diseño gráfico. Le dije: “Nunca di clases. Lo que sé es que tengo ganas y voy a poner lo mejor de mí. Y si no funca, me bajo”. Pero me encantó, y descubrí una vocación recontra fuerte. El aula me gusta más que diseñar, ¡y eso que amo diseñar! Al sexto año de dar clases ad honorem, dejé. Me enteré que existía la carrera docente, y todo no podía hacer. Quería formarme mejor. Empecé a hacer los seminarios y a los seis meses me crucé con Ingeniería Sin Fronteras, que estaba buscando alguien que los ayudara a diseñar el logo y la identidad de la asociación. Sentí una afinidad inmediata con ellos y fue justo en un momento de mi vida en el que estaba enojadísimo con mi carrera…

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(Pieza gráfica diseñada por Coco)

¿Por qué?

Había hecho el camino soñado: de laburos chicos a clientes propios, primero pequeños y luego grandes. Pero me había convertido en un tipo que hacía presupuestos, tenía reuniones y ya no disfrutaba diseñar. Gracias a la docencia había empezado a reflexionar sobre la poca vinculación que nuestro conocimiento como diseñadores tiene con las cuestiones sociales. Empecé a pensar que como diseñador tenía que estar conectado con mi contexto y devolverle un poco a la sociedad. Así arranqué con los afiches sobre derechos humanos. Fueron bien recibidos, expuestos en diversos lados y eso me dio un impulso para seguir. Tenía cosas para decir y sabía cómo. En medio de toda esta revolución, me hablan en Ingeniería sin Fronteras de Estelita, una ingeniera industrial que formaba parte del equipo y daba clases en la cárcel de Devoto. Les pedí que me la presentaran. Sentí que necesitaba formar parte de ese espacio. Fue como un imán. Hace poco se cumplieron tres años de mi primera experiencia en la cárcel y del comienzo de mi taller de afiche ahí. Fue uno de los días más felices de mi vida. Entré con Estelita, que antes me había dicho: “Los muchachos te están esperando”. En vez de sentir miedo, sentí ansiedad y curiosidad. Para llegar al Centro Universitario hay que atravesar nueve puertas, casi media cuadra de caminata… y atravesé ese muro y sentí una euforia terrible. Supe que todo lo que había aprendido en mi vida, lo académico, la familia, los amigos, lo bueno y lo malo, me habían llevado hasta ahí.

¿Qué cosas aprendiste de tus alumnos?

El valor de la lucha, de la fuerza de voluntad, que podés aprender hasta de la persona que menos te imaginás. Se me intensificó la valoración que tengo por lo que me rodea. Soy una persona híper afortunada. No me puedo quejar. De forma muy ínfima, les estoy devolviendo algo a pibes que me cuentan que no tenían nada, o tuvieron todo y lo perdieron. Y pude entender que la diferencia entre ellos y yo son las oportunidades. Cambié mi escala de valores y mi paradigma, se transformaron en mis amigos. Creo que el mundo va hacia un colapso inevitable si seguimos viviendo de esta forma, sin conectarnos con los más necesitados de forma plena. Creo que trabajo para poner un pequeño peldaño sobre el que otros van a construir cosas hermosas. No es que no me importe ver los resultados, pero es la única forma en la que concibo caminar, porque sé que las cosas no se modifican a corto plazo. Soy un idealista, pero no soy naif. Lo que hago, lo hago porque el mundo está mal. Tomar conciencia de eso es irreversible. Cuando ves en los ojos del otro su vulnerabilidad, no hay vuelta atrás.

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(Pieza gráfica diseñada por Coco)

Alguna historia o vivencia dentro de Devoto que quieras compartir…

Hay un caso emblemático que es de Waikiki. Las tenía todas para terminar muerto o preso. No está muerto, pero lo balearon y terminó en la cárcel. Gracias al centro universitario, está finalizando dos carreras y cuando salga su plan es armar un centro parecido en Fuerte Apache, su barrio. Una vez me dijo: “Valoro mucho que vengan, pero primero le tienen que enseñar a los guardias. Si ellos nos cuidan, deberían estar educados”. Está pensando en mejorar a los que lo molieron a palos y eso es un ejemplo increíble. Otro recuerdo es uno con Néstor, alias el Foca. Yo estaba explicando lo que era un degradé. Dibujé un cuadrado rojo y azul en el pizarrón, borré el medio, les mostré que había una transición y a eso le llamaban degradé. Y entonces él dice: “Como nosotros. Venimos de un lugar oscuro y acá en el centro estamos aprendiendo, estudiando y yendo hacia la luz. Estamos en un degradé social”. Se me hizo un nudo en la garganta porque me encontré con una reflexión alucinante. Me rompió un prejuicio enorme, porque me di cuenta de la cantidad de veces que había desestimado una idea por la forma sin atender al contenido. Además, reforzó esta idea cliché, que es una gran verdad: el que enseña aprende. Estar en la cárcel es una clase magistral todo el tiempo. Me siento con mucha gratitud.

 

Destacado:

El Centro Universitario Devoto es un espacio de la UBA al interior de la cárcel que les brinda la posibilidad a los presos de ampliar su educación, reflexionar y contar con una salida laboral. Se dictan las licenciaturas en Economía, Filosofía, Sociología, Derecho, Psicología y Administración, además del Ciclo Básico Común correspondiente a esas carreras.

Coco dicta un taller de Diseño de afiches, con la particularidad que los alumnos trabajan exclusivamente con papeles, revistas, plasticola, lápiz y papel y no cuentan con software, ni familias tipográficas, ni Internet, ni elementos cortantes. Sin ningún tipo de formación previa en diseño, los alumnos transforman una hoja en blanco en un poderoso medio de expresión.

+info: www.coco.com.ar