Nico Francella – Escribiendo su historia propia

Captura de pantalla 2015-04-23 a las 19.23.17

¿Cómo encontró su vocación Nico Francella?

Hoy, todos ven a Nico Francella (24) en la tele y piensan que el ADN de la actuación ya estaba en él desde hace mucho tiempo. Pero la realidad es bastante diferente y no siempre estuvo relacionada con el trabajo de su papá, sino más bien con un largo descubrir personal. Bienvenidos a una charla sobre caminos, miedos y aprendizajes, cerrando la etapa de Viudas e hijos del rock and roll y esperando comenzar un proyecto grande en teatro.

Por Antonella Orlando

¿Qué herramientas te dio trabajar tan intensamente en Viudas…?

Llega el fin y tengo una mezcla de sensaciones. Fue mi primer tira y mi tercer trabajo en tele. Realmente me ayudó mucho a adquirir oficio. Estar rodeado de 27 actores de trayectoria que formaron un grupo humano fantástico, eso para mí es impagable. Me he llevado excelentes consejos en charlas tanto laborales como más personales.

La tira es como un curso intensivo de actuación mientras uno trabaja…

Desde el primer día de grabación hasta ahora, muchas cosas cambiaron en mí y me siento más plantado. La tira te ayuda a resolver muchas situaciones en un corto plazo. Está bueno y malo, porque hay momentos en los que preferís tener un poquito más de tiempo. Pero el mundo de la tele es así, y creo que es un mundo muy lindo. Utilizo como herramienta mucho el verme. Me gusta corregirme y soy bastante exigente. Hay un montón de cosas mías que me gustan y otras que ni ahí, y voy tratando de emprolijar todo. Y esas cosas que veo que las puedo mejorar, me las reservo para mí y en el momento en que salen en la actuación el resto se sorprende y es “¡Opa, mirá! Tiene algo nuevo” (risas). Es como un as bajo la manga. Soy muy observador y aprendo mucho mirando películas. Retrocedo, vuelvo, retrocedo. Por momentos hay escenas donde uno no entiende cómo el actor las resolvió e intento darme cuenta cómo lo hizo.

Una cosa es vivirla y otra cosa es que te la cuenten. En tu caso, viste la actuación desde el lado de tu papá desde chico, pero ahora sos vos el que está actuando. ¿Qué consejos útiles te dio y cuáles descubriste vos?

Si bien yo lo mamé de chico, pude transitar lo que es el mundo detrás de cámara con lo que era producción, en el caso de El hombre de tu vida. Eso fue un paso único para mí. Me sirvió como actor y me ayudó a tener respuestas más delicadas. Puedo ser muy frontal y hay que saber cómo manejarse. Si una persona llega a transitar mi misma etapa de no querer lanzarse todavía como actor, puede empezar por producción. Para mí es un gran consejo. Y cuando empecé, desde el día uno mi papá me dijo: “¿A ver, cómo hablás? Te quiero escuchar”. Tratamos de buscar la naturalidad, porque es lo más difícil. Si desde el primer momento lo primordial no lo tenés y estás hablando de forma mecánica y forzada, no va. Y en cuanto a mis vivencias, yo actúo de una manera distinta a mi papá. Y fui descubriendo cosas, como muletillas que a uno le sientan cómodo. Pero uno tiene que redescubrirse todo el tiempo.

Muchas veces, cuando los actores se quedaron mal por algo del trabajo, lo hablan con sus colegas y no con sus amigos que no son actores. ¿Cómo es en tu caso?

He tenido ciertas dudas sobre el futuro, y lo he consultado mucho con mi viejo obviamente. Pero otra fuente de consulta ha sido Fernán Mirás. Es un genio y siempre me escuchó con mucha atención y me ayudó mucho. Y mis amigos fuera de este mundo no están muy interiorizados del mundo del espectáculo, pero está bueno contarles de qué va mi vida, cómo sigue esto. Somos un grupo unido, gracias a Dios todos laburamos y estamos contentos. Y siempre nos interesó estar al tanto de eso, o si algún amigo estaba en esa meseta de “no me gusta el laburo, pero estoy esperando otro”. Les he preguntado Che, me llamaron para una foto sin remera que va a quedar ASÍ de grande, ¿la hago?” (risas). El cachetazo de los amigos es como el subconsciente de uno, el cable a tierra.

Terminaste el secundario, empezaste Publicidad, no te llenó, después fuiste a agencias, no te gustó el laburo creativo. No tuviste una “revelación” por la actuación al toque que terminaste el colegio…

La fui descubriendo. Jamás pensé en cortar una escolaridad para dedicarme a la actuación. Siento que fui una persona que no se apresuró. Es muy difícil encontrar lo que te gusta, tener cierto grado de responsabilidad y entrega hacia sobre lo cual no estás tan decidido. En mi caso, sentí que lo creativo era lo que más me gustaba, pero no sabía cómo. En el grupo de amigos me encanta explicar y convencer, contar historias. Me preguntan “¿Y cómo fue?”, y respondo “¡No sabés cómo!”, y ahí arranco (risas). Tuve el prejuicio que necesitaba el título para hacer publicidad. Y la realidad es que si hacés algún terciario y lo complementás con muchos cursos, te podés manejar. Se me cayó el plan de estudiar, y pasar por agencias tampoco me motivaba. Mientras me pasaba esto, cuatro veces a la semana estudiaba teatro a la noche. No soy un tipo tímido, pero quería ver la respuesta que mi cuerpo tenía cuando pasaba al frente. Y cuando apareció el casting para la película Corazón de León es como que se abrió una puerta y me animé. Yo me sentí muy perdido de pendejo. Cuando encontré producción, me abrió la bocha y maduré muchísimo personalmente. Era un pibe de 18 y parecía un tipo de 30. Para mí estuvo buenísimo no haberme apurado y haberle dado tiempo al tiempo.

¿Por qué creés que estabas perdido? Capaz que los chicos que leen esto piensan “Pero tenía a su viejo como referente…”.

Tenía a mi viejo, pero no me podía ayudar porque por mi cabeza pasaba el problema. De chico me encerraba en el cuarto y me memorizaba las publicidades. Me sabía todas las de Quilmes de memoria, literal. Y pensé que eso era lo mío. Cuando le dije que no sentía la publicidad y me encantaba teatro, me bancó. Capaz que “perdido” no es el término, sino que me tomé el tiempo necesario para ver lo que me llenaba, porque para mí no puede haber un gris en lo que te gusta. Tenés que estar decidido y para eso hay que darle tiempo.

¿Algún momento que hayas tenido de plena gratificación?

Cuando se estrenó la película no me lo olvido más: venía mi primera escena, sala llena, todos en silencio y sentí la mano de mi viejo que me tocó la rodilla sin que nadie se diera cuenta como un “¡Vamos loco!”. Un abrazo con Peter Lanzani cuando hice Aliados y lloré como un nene de cinco años. Esas son huellas para mí.

¿Qué es la vocación?

Uno nace con su vocación y puede no tener realmente conciencia que la tiene, pero la va descubriendo. La vocación es que uno se sienta cómodo y feliz con las decisiones que toma. Si me hubieras hecho esta pregunta cuando era más chico, capaz que no sabía que la actuación era mi vocación. Y capaz que si me volvés a encontrar a los 40 años, tengo otra. Creo que es una forma de vivir y sentirse bien con uno mismo, algo que nos llena y nos hace seguir para adelante.

¿Qué historia te gustaría contar?

Una historia de padre e hijo muy conflictiva. Si bien tuve un apoyo gigante con las decisiones que tomé en mi vida, en muchos casos los padres meten un freno en las decisiones de sus hijos. He tenido charlas con mis amigos que me cuentan que les pasa eso. La historia sería que el hijo quiere encarar por un camino que el padre no lo deja, el hijo por detrás del padre lo va haciendo, pero al final el padre lo termina apoyando. Por ahí caigo en el desenlace trillado: hay un final feliz.

Cuando prendemos la tele o vamos al cine, ¿necesitamos siempre los finales felices?

(Piensa un segundo) Seeeeeee (risas).