Sentir que florece

Un Árbol para mi Vereda es una ONG que nació a la luz de una necesidad clara: reconectarse con la naturaleza que tanto hemos maltratado y hacer de nuestro entorno un lugar más saludable. Ofreciendo árboles a aquellos dispuestos a cuidarlos primero, y luego creciendo hacia otros proyectos como viveros comunitarios y talleres, Santiago (27), Agustina (32), Lisandro (40), Marcos (26), Alejandro (30) y Nano (31) tratan de devolverle a la naturaleza un poco de todo lo maravilloso que ella nos da.

Por Antonella Orlando

 

¿Cómo se conocieron? Tengo entendido que cada uno viene de un campo distinto que no tiene nada que ver con las ciencias naturales…

Lisandro. Ninguno de nosotros éramos amigos con anterioridad, sino que nos conocimos a partir de los árboles. Marcos y yo nos encontramos hace cuatro años haciendo un curso de producción de árboles en la Facultad de Agronomía. Yo estudié Cine y trabajo en publicidad. Cada uno venía con intenciones de reconectarse con la naturaleza. En ese momento, había nacido mi primer hijo y sentí el llamado de hacer algo para dejarle un barrio mejor. Empezamos con Marcos. A partir del curso nos quedaron un montón de plantines de los trabajos prácticos. Y pensamos: “¿Qué hacemos?”, y decidimos empezar a plantarlos en las veredas a pedido de un vecino, justamente para que el árbol sobreviva y sea cuidado. Agustina y Nano nos conocieron a través de Facebook.

Agustina. Antes me dediqué a relaciones internacionales, luego a lo que es proyectos sustentables y yoga. Cuando nos conocimos, sintonizamos al toque. Como veníamos del ámbito empresarial, intentamos combinar nuestros conocimientos, ya que sabíamos que actividades como esta podían ser atractivas. Estás dentro de una empresa todo el día y de repente ir a una reserva y plantar un árbol te cambia el día.

Santiago. Yo estudié Economía un tiempo, pero no encontré nada que me apasionara y ahora me dedico a la naturaleza. En mi caso, quizás la necesidad de reconexión no la sentí tanto de un día para el otro, sino que fue algo que se fue gestando: una necesidad natural de tener más contacto con la vida en todo aspecto. Cuando viajás y por ejemplo vas a Misiones y ves la selva decís: “Ah… ¡esto era la naturaleza! Acá está la vida”. Son cosas que no están en un aspecto racional sino vivencial.

¿Qué ven de distinto en los chicos más jóvenes? ¿Creen que están más conscientes de que necesitan un entorno saludable?

Santiago. Totalmente y festejamos eso. Me gusta que estén sacando conclusiones sabias. No tenía esa lucidez cuando era chico y no tenía en cuenta lo que era saludable para todos.

Lisandro. En muchas notas surge la pregunta de si esto es una moda o una vocación. Y no nos podemos dar el lujo de que esto sea una moda. Es evidente el deterioro ambiental causado por el hombre y poder ayudar en esto, haber encontrado una vocación es fantástico. Cuando decidí estudiar Cine tenía la fantasía de hacer mi película, y mi viejo me decía que me iba a morir de hambre. Soy de esa generación, que no sabía si elegir una carrera para ganar plata o hacer algo relacionado con su vocación. Ahora, cuando yo planto un árbol, me siento bien. Cómo viene la plata para eso, se organiza de otra manera, lo hacemos, pero lo que nos une es el placer de hacer árboles.

Santiago. Hay que depurar la valoración que se le da a las cosas. Cuánto valoro mi salud y energía, cuánto valoro el recurso económico, cuánto valoro el impacto de mis acciones. Tenemos que hacer esa transición como generación. El cambio en el que estamos operando es un cambio de mentalidad.

Alejandro. Tenemos una herramienta a favor que es que esto nos apasiona y queremos motivar desde ahí. Ojalá todos pudieran hacer árboles, pero lo ideal es que todos encuentren lo que les hace bien y mejorar su entorno de distintas maneras.

¿Cómo es el presente de Un Árbol para mi Vereda?

Lisandro. Estamos armando proyectos a una escala más grande, como talleres en las escuelas verdes de CABA y uno de viveros comunitarios. La idea es ir a un barrio vulnerable, armar un vivero sustentable, capacitar a los vecinos para producir árboles y que ellos los planten en su barrio. Dejar el vivero funcionando como lugar de encuentro y capacitación para restaurar ambientes degradados.

Alejandro. En San Miguel, de donde soy, hay un terreno muy grande de ocho hectáreas y hace un año y medio que estamos proyectando junto con la municipalidad armar una reserva como espacio público. El laburo lo empezamos desde cero, ya que era un depósito fiscal de autos. Se limpiaron dos hectáreas y se empezó a forestar. Pocos en San Miguel saben que existe este espacio y si hacemos bien las cosas, en unos años podría ser el espacio verde más grande del distrito. También hay una mutual que consiguió que el municipio le ceda una calle que era un baldío que juntaba basura y le propusimos hacer un vivero comunitario. Todos los sábados a la tarde nos juntamos ahí a trabajar. Ya hay un grupo que hace huerta, se está haciendo un aula para dar talleres.

Lisandro. Al principio, el proyecto fue traer la naturaleza a la ciudad. La OMS recomienda entre 10 y 15 metros cuadrados de área verde por habitante. Buenos Aires tiene, contando la Reserva Ecológica, 6,5. Si no la contás es 1,5. Por eso, lo primero era traer árboles donde había canteros vacíos. Y ahora nos damos cuenta que podemos ir fuera de la frontera de la ciudad y revitalizar espacios, desde suelos donde se han plantado soja hasta depósitos fiscales. Nos han llamado hasta de México para replicar el proyecto. Por eso, estamos armando una carpeta donde se explica cómo hacer árboles, para que te bajes el PDF y lo puedas llevar a cabo.

Santiago. Tenemos inquietud de restaurar ambientes. Me encantaría armar un bosque comestible como horizonte. La idea es que el proyecto sea replicable y queremos invitar a los chicos a que lo hagan en sus propios espacios, y que nos superen. Porque de eso se trata. Somos organismos vivos y nos tenemos que ayudar entre todos.