Somos lo que comemos

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Algo tan cotidiano y sencillo como comer se ha convertido en el último tiempo en un tema de preocupación social, ambiental y económica. Lo que hasta hace poco era una rutina de comer cualquier cosa, hoy se transformó en un acto de conocimiento, de búsqueda de información, de emitir un voto en cada momento de consumo. La conciencia aplicada a la alimentación, la alimentación según la conciencia. Un informe presentado como “menú a la carta” para comprender el problema y aplicar herramientas en esa preciada situación de sentarse a comer.

por Tais Gadea Lara – Gentileza Revista Ecomanía – revistaecomania.org

 

“Somos lo que comemos”. Una expresión tan sencilla y tan compleja a la vez. Una frase que en su brevedad esconde tanta amplitud de explicación. Una idea que parece obvia al pensarla, pero que implica considerar varios factores y eslabones ante el sistema de producción alimenticia actual que escasamente tiene de sustentable. Muchas veces al hablar de alimentación, se adjudica el tema únicamente a la cocina, a las recetas, a cómo preparar un plato. ¿Pero qué ocurre antes de ese momento final en el que se tiene delante de uno una pasta, un salteado de verduras, una pizza? Luego de años de dietas, de variedades de tipos de alimentación (vegana, vegetariana, carnívora, crudivegana, macrobiótica, y la lista sigue), de nuevos hallazgos científicos sobre ciertos alimentos que parecían la salvación y hoy parecen convertirse en enemigos (como los lácteos y el polémico debate sobre la continuidad de su consumo o no, luego de la lactancia), hablar de alimentación y salud pasó a tener un elemento protagónico nuevo, diferente, pero que siempre estuvo allí latente: la conciencia.

¿Por qué hoy hablamos de alimentación consciente? El chef, periodista y especialista en alimentación consciente, Pablito Martín, lo explica: “Se trata simplemente de ser consciente de lo que uno está consumiendo. Es decir, ser consciente de lo que tiene una gaseosa, por ejemplo, y decidir, en base a ello, tomarla o no. Antes de ingerir un alimento, tendríamos que leer los ingredientes que tiene y ahí, desde la conciencia, vamos a poder elegir si consumirlo o no. Cuando hablamos de alimentación consciente, no se trata de si se es vegetariano o vegano, sino de una manera de ser conscientes de lo que comemos”.

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Radiografía del problema

“La alimentación consciente es mucho más abarcativa que la saludable; habla de saber qué comemos, cómo comemos, de dónde viene lo que comemos y también de cómo lo cocinamos. La alimentación consciente significa saber de dónde viene lo que como, de qué manera fue producido, cómo llega ese alimento a mi mesa, y conocer a quien produce mis alimentos”, define Angie Ferrazzini, alma mater de Sabe la Tierra.

El intentar responder a por qué hoy hablamos de una alimentación consciente, nos lleva necesariamente a comprender qué es lo que está ocurriendo en el mundo en términos de producción de alimentos. Ante una sociedad global en crecimiento cada vez más constante, el interrogante por cómo satisfacer sus necesidades de comida, parece todavía encontrar su respuesta en un sistema basado en la producción intensiva sin importar el impacto que se tiene sobre la salud del planeta y del propio ser humano. Se estima que para 2050, sólo la producción agrícola deberá aumentar en un 70% a nivel mundial y en un 100% en los países en desarrollo para sostener el crecimiento demográfico y el cambio en el consumo.

Pero esta situación da lugar al debate, ya que ante la cantidad de personas que aún sufre hambre, parece que entonces no se trata de la solución perfecta. Conforme el último informe “El estado de la inseguridad alimentaria en el mundo” de la Organización de las Naciones Unidas (ONU), el hambre afecta a cerca de 795 millones de personas a nivel global. Uno de los Objetivos de Desarrollo del Milenio se había propuesto reducir a la mitad dicha cifra para 2015… objetivo que lamentablemente no se alcanzó.

El sistema que impera en la actualidad tiene como lema primordial la producción a escala e intensiva para generar más y más alimentos. En esa búsqueda de la cantidad, el gran interrogante es qué ocurre con la calidad. El alimento ha perdido toda su condición de casero frente a un proceso de industrialización que sólo busca que dure a costa de conservantes que generan la pérdida de nutrientes y afectan luego, en muchos casos, la salud. Pero también, se trata de un proceso de industrialización que ataca otra salud más global: la del propio planeta Tierra. Al respecto, Ferrazini opina: “Tenemos un solo planeta y estamos llamados a cuidarlo y sostenerlo para las generaciones que vienen. Por lo cual, la producción no puede consumirse los recursos sino que debe cuidarlos. Todos debemos defender la soberanía alimentaria y fortalecer la producción local. Producir de manera agroecológica, priorizar la producción local, de cercanía, que los alimentos no recorran grandes distancias para llegar a nuestra mesa”.

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Es ya sabido que el uso de agroquímicos para garantizar la producción de frutas y verduras, incluso en estaciones no propias a su desarrollo ecosistémico, afecta al suelo, contamina el aire con sus fumigaciones, impacta sobre la calidad de vida de la fauna y flora que allí habitan, y, lo que parece un círculo de ida y vuelta, también repercute en la salud del hombre. Deformaciones en los bebés recién nacidos, aumento de cáncer en zonas aledañas, problemas en la piel, son simplemente algunas de las consecuencias que estos productos “salvadores” tienen en quienes trabajan a diario en el campo, pero que también pueden repercutir en quien termina ingiriendo el alimento.

Por otra parte, los desarrollos científicos contribuyen en este nuevo proceso de toma de conciencia respecto de ciertos alimentos que se creían fundamentales en la dieta diaria y que hoy se ponen en el ojo de la tormenta por su impacto. “Conforme un último estudio de 2010, los cuatro grandes males blancos de la alimentación son la harina blanca, el azúcar, la sal refinada y los lácteos”, enuncia Martín.

Lejos de crear una mirada apocalíptica, ser conscientes de estos problemas nos permitirán tomar decisiones más inteligentes y sustentables para el planeta y para la propia vida. Si uno tiene acceso a la información, puede elegir, y puede luego alimentarse con un impacto positivo en todos los órdenes.

 

Alternativas de solución como receta

Desde el momento de su producción, cada alimento conforma su propia huella sobre el ambiente. Por ello, el momento del consumo es casi tan vital (literalmente) como el de la producción. En cada acto de compra, uno tiene la mágica posibilidad y el impenetrable poder de poder elegir si opta por una manzana transgénica o por una manzana orgánica, si premia a una empresa que afecta la salud de las personas con los agroquímicos o si premia a quien se basa en los principios del comercio justo, si opta por un pollo totalmente industrializado “agradando” con hormonas o por un pollo de una granja orgánica donde se respetan sus procesos de evolución y se le da un tratamiento como un ser animal, y no como un animal solamente (y lo escribe alguien que no come pollo desde los 12 años). Es decir, no hay una fórmula perfecta, ni una doctrina que seguir. La clave está en informarse, tomar conciencia de lo que ocurre y luego tomar decisiones inteligentes.

A partir de su experiencia como comunicador, Martín ofrece dos tips claves, comunes a su visión en distintos países de la región latinoamericana: “En primer lugar, no dejen de consumir. No se trata de eliminar alimentos de un día para otro, sino de incorporar nuevos alimentos todos los meses. En segundo lugar, intentar llevar una alimentación que sea, al menos, en un 50% orgánica. Y cuando digo orgánica no se trata sólo de frutas y verduras, sino también de semillas, aceites y hasta vinos”.

Uno de los aspectos fundamentales tiene que ver con el lugar y los modos de producción. La certificación en comercio justo garantiza un cuidado en los tres ejes de la sustentabilidad: un trato digno con los trabajadores, un impacto positivo sobre el ambiente cuidando los efectos de la producción en cada etapa de su desarrollo, y un precio justo del producto que garantiza una remuneración equilibrada para los distintos partícipes del proceso. En este sentido, volver a conectarse con el productor es uno de los consejos más fructíferos. Con mercados en crecimiento, Ferrazzini describe esa necesidad de volver a la interacción con los productores: “Sin intermediarios, el productor percibe un pago justo por su trabajo y el consumidor se beneficia al comprar de manos directas. Los mercados son espacios de mucho valor, encuentro, información y relación humana. Nosotros trabajamos para que los mercados vuelvan a ser espacios de interacción y que la familia pueda vivir la experiencia de comprar un aceite de oliva a su productora directa, y que luego ese aceite llegue a la mesa y tenga una cara, un nombre y una historia”.

Cuando uno tiene la información, cuando uno tiene las opciones del menú, uno puede ver y elegir luego. No se trata de decirle a otro lo que tiene que hacer, sino de poder contribuir a la toma de conciencia para tener una acción más positiva. Así reflexiona Martín al respecto: “En cada acción de comer, está la parte de la alimentación, una parte física y otra parte espiritual. Tenemos que entender que detrás de la ingesta del día a día, está la calidad de vida que uno quiere tener. Yo le agregué una parte adicional a la frase: Somos lo que comemos, pero también lo que hacemos”.

 

 

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¿Sabías que el concepto de alimentación consciente proviene de la práctica budista Mindfulness? Se trata de una filosofía de vida que, aplicada a la alimentación, busca promover la conciencia sobre la forma en que comemos para disfrutar los alimentos y establecer una conexión armónica con la comida. Algunos de sus consejos: involucrar todos los sentidos, servirse pequeñas porciones, comer lento y masticar con tranquilidad, hacer de los vegetales la base a la alimentación.